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La obsolescencia programada de tu móvil

  • Som Connexió

Hace ya varios años que se habla de la obsolescencia programada. Quizá eres de las que descubriste el concepto a raíz del fantástico documental Comprar, tirar, comprar de Cosima Dannoritzer

Este documental, entre otras cosas, explicaba cómo las impresoras, de repente y de forma incomprensible, dejaban de funcionar y cómo los servicios técnicos te daban largas y te decían que era más barato comprar una impresora nueva que arreglar la tuya… y así todas pasábamos por caja para poder volver a imprimir. 

A esto se le llama un negocio redondo, y no precisamente por las consumidoras, y, mucho menos, para el planeta.

Poco a poco hemos ido descubriendo cómo este fenómeno está más extendido de lo que pensábamos y nuestros teléfonos móviles no son una excepción.

De hecho, según un estudio de la OCU publicado en 2020, los teléfonos móviles son los dispositivos que más se estropean, encabezando el ranking y pasando por delante de las impresoras. 

Los principales motivos que nos impulsan a comprar un nuevo móvil son los errores en el sistema operativo, las averías de la pantalla o el fallo de las baterías. Que levante la mano quien no ha sufrido alguno de estos problemas… o más bien todos.

¿Cómo funciona la obsolescencia programada?

Según Wikipedia, la obsolescencia programada es aquella planificación y programación preestablecida para que un dispositivo tecnológico deje de funcionar al cabo de un tiempo determinado por la persona o personas que lo han diseñado. En otras palabras, programar la fecha de caducidad de nuestros aparatos. 

¿Con qué fin? Fácil: que los descartemos y compremos uno nuevo aunque su vida útil pudiera ser mucho más larga. 

El negocio es perfecto, puesto que cada pocos años nos «encontramos» con la necesidad de renovar nuestros móviles, nuestras impresoras, nuestros ordenadores e incluso nuestras neveras. ¿Sabes que las neveras de antes podían durar perfectamente 20 o 30 años?

Este fenómeno tan poco ético tiene dos formas de aplicarse:

1. Por un lado tenemos productos que están diseñados premeditadamente para fallar al cabo de un tiempo determinado. Este espacio de tiempo lo determina el fabricante, asegurándose que en poco tiempo tengas que volver a pasar por caja para comprar de nuevo ese producto tecnológico.

2. Por otro lado, encontramos dispositivos que, sin estar programados para fallar, quedan obsoletos a causa de la evolución tecnológica. Esto no ocurre de forma casual: los fabricantes de productos tecnológicos manipulan el software para hacerlo incompatible con dispositivos antiguos. Así, tenemos dispositivos que por prestaciones podrían soportar el funcionamiento de aplicaciones que, por estar manipuladas, resultan incompatibles con versiones antiguas.

Esta última situación es la que afecta más a nuestros teléfonos inteligentes. Las cada vez más temidas actualizaciones tanto de sistemas como de aplicaciones suelen comportar más quebraderos de cabeza que alegrías. 

Antes recibíamos estas actualizaciones como mejoras de las aplicaciones y, en cambio, ahora cruzamos los dedos para que la aplicación siga funcionando.

Muchas de estas actualizaciones anulan las versiones anteriores o, en el mejor de los casos, alteran su funcionamiento, aunque podemos mantener algunas utilidades. Otras veces, sencillamente, resulta incompatible seguir utilizándolas.

Esta situación hace que muchas usuarias se planteen cambiar de dispositivo y adquirir uno con un sistema operativo más nuevo o más potente para poder continuar usando aquellas aplicaciones que le son útiles, para trabajar o para su ocio.

Otro de los hándicaps de tener un dispositivo anticuado es que el sistema comienza a presentar errores de seguridad que comprometen la privacidad de los datos que nuestro dispositivo almacena.

Es fácil caer en esta tentación (e incluso podemos hablar de necesidad) y entrar en la rueda del consumismo tecnológico infinito, puesto que siempre estaremos obligadas a adquirir nuevos productos para mantener prestaciones o utilidades. 

Esta práctica no sólo afecta a nuestros bolsillos, sino que tiene un impacto medioambiental brutal de dos vertientes: por un lado la cantidad de desecho tecnológico que se genera y por otro el impacto sobre los territorios de explotación de los materiales necesarios para la fabricación de nuevos dispositivos. 

Además, debemos recordar que la explotación de ciertos materiales escasos para fabricar nuestros dispositivos también genera fuertes conflictos económicos y armados.

¿Podemos hacer algo por alargar la vida de nuestro terminal?

Es difícil hacer propuestas o dar consejos sobre cómo sortear la obsolescencia programada, ya que es un problema que no tiene su raíz en el deseo del consumidor, sino en las pretensiones del fabricante.

Respecto al sistema operativo, es imprescindible que apliquemos las actualizaciones siempre que el sistema nos lo solicite para evitar agujeros de seguridad, pero como hemos dicho antes, llegará un momento en que nuestro dispositivo no podrá sostener la actualización por incompatibilidad.

Si dispones de un móvil Android y te las apañas bien con la tecnología, puedes recurrir a la instalación de ROMs personalizadas que evitan la obsolescencia generada por las actualizaciones e incluso mejoran el rendimiento global del teléfono. Una Custom ROM es una versión modificada (o creada de 0) del sistema operativo original del móvil. Es producida por la comunidad de usuarios de forma altruista, y a menudo se basa en AOSP, la versión de código abierto de Android. 

Si deseas saber cómo instalar una ROM puede consultar este artículo donde explica todos los pasos de forma detallada así como los puntos fuertes y débiles de su uso. 

También puede optar por reiniciar su dispositivo e instalar un sistema operativo de código libre (por ejemplo ArrowOS o Lineage). Esto te permitirá acceder también a aplicaciones de código abierto que no siguen las lógicas del mercado tradicional, y, por tanto, quedan liberadas de la obsolescencia programada como tal.

Y las administraciones… ¿hacen algo?

Como consumidoras, ser conscientes de que formamos parte de una rueda de consumismo sin escrúpulos que prioriza los beneficios de las grandes empresas por delante de los valores sociales y medioambientales nos cabrea, no es para menos.

Algunas administraciones, frente a este despropósito, se han propuesto establecer legislaciones más exigentes con los fabricantes.

El Parlamento Europeo, en 2020, aprobó la resolución sobre el “derecho a reparar” que estipula una serie de condiciones que facilitan la reparación de los productos estropeados. 

Por ejemplo, la obligación para los fabricantes de proveer de manuales de reparación y piezas de repuesto de sus productos durante 10 años.

Sin embargo, esta ley tiene fisuras importantes, ya que no obliga a proveer a las consumidoras, sino que permite ofrecer estas posibilidades de reparación a empresas profesionales, evitando así que se imponga la cultura empoderadora del “do it yourself” (hazlo tú mismo).

Otra medida en esta ley es la obligación por parte de las empresas de indicar la durabilidad y facilidad de reparación de sus productos. Francia ha sido pionera en este aspecto con una ley que obliga a poner en smartphones y portátiles una etiqueta con una puntuación del 1 al 10 que indica la posibilidad de reparación del producto.

Pero de nuevo, nos encontramos con una victoria a medias, ya que la Unión Europea no estipula una forma concreta y universal de etiquetado, sino que deja en manos de los gobiernos nacionales la decisión de cómo y cuándo implementar estas medidas.

Por el contrario, empresas como Apple dan pasos atrás declarando obsoletos los modelos antiguos de iPhone o atemorizando a los consumidores afirmando que con la reparación por cuenta propia puede dañar los dispositivos.

¿Mi móvil se ha quedado obsoleto, ahora que puedo hacer?

Lo primero que hay que hacer es reciclar o dar el móvil estropeado para minimizar el impacto ambiental de los residuos. En este artículo le explicábamos cómo puedes reciclar tus dispositivos.

Una vez hecho esto, a la hora de adquirir un nuevo dispositivo, en Somos Conexión recomendamos dos opciones. 

Si compramos dispositivos de segunda mano (reacondicionados), estaremos ayudando a alargar la vida útil de estos dispositivos. Es verdad que los dispositivos reacondicionados antiguos tienen los mismos problemas de incompatibilidad frente a las actualizaciones, pero al menos estamos combatiendo la obsolescencia basada en el desgaste físico. 

La otra vía es adquirir dispositivos de empresas que no basen su modelo de negocio en la obsolescencia programada. La realidad es que todavía son pocas las empresas del ámbito tecnológico alineadas con los valores de la sostenibilidad y que huyen de esa obsolescencia. 

En el caso de los móviles tenemos a los Fairphone, que tienen el hándicap de no ser, precisamente, opciones económicas. Sin embargo, debemos pensar con otra lógica: si el dispositivo tiene una mayor vida útil, a la larga nos ahorramos el dinero que gastaríamos adquiriendo un nuevo dispositivo.

Y tú, ¿tienes alguna otra idea para combatir la obsolescencia programada?

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